Buscando el encuentro

20.03.2026

Por Cineclub Ibero Gutiérrez (@iberocineclub)

Medianeras (2011)
Medianeras (2011)
«Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte
tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte
tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte
o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa»

Tal vez sea cierta inseguridad emparejada con la necesidad del encuentro la que po-ne a este poema de Benedetti como comienzo. El hecho de buscar el encuentro significa que se está sin él, y aunque pare-ce una aclaración que por obvia no debería ser mencionada, es ahí donde nace la incertidumbre. Lo cierto igualmente es que no se agota en encontrarse la incertidumbre, o de alguna manera puede suceder que uno nunca se encuentre.

Después de un mes de ausencia nuestro cineclub vuelve a encontrarse. Un gesto que parecerá fútil pero que encierra toda una cadena de intencionalidades. Hacia ahí entonces enfocamos el sentido de este ciclo: ¿cómo nos encontramos?

Encontrarse es muchas veces la intención de hacerlo, no la casualidad que también ayudó a formar el cine. El encuentro son los lugares donde este se da, las condiciones económicas que nos emparejan con esas personas, el transporte, los comercios, el lugar de trabajo. ¿Y los no encuentros? Cuando nuestro sistema de relaciones de producción se olvida, por no importarle, de los encuentros.

Cinco encuentros entonces fueron determi-nados. Cinco invitaciones a moverse, a planificar salir con el tiempo para llegar, obligarse a sentarse y tener que pasar por esa ronda final que caracteriza al fenómeno cineclubista. Pero para hablar de una película primero hay que llegar a verla, y para eso probablemente hagamos uso del servicio colectivo de transporte, del ómnibus. El transporte se yergue entonces como una suspensión estática, no se puede ir más rápido una vez que el boleto fue pagado, estamos a merced del conductor, pero en esa situación estamos emparejados con tantos, y con tantos pares en cuestiones de realidad socioeconómica, de realidad laboral.

Abría este ciclo entonces la doble función de Antes del amanecer y Antes del atardecer, un encuentro en el transporte, un tren específicamente, lo que lo contactará con Lo que no fue, proyección que cierra este ciclo. Nos alejamos de un núcleo de encuentros cotidianos y avanzamos solos al viaje, a la espera en la parada. Y es tal vez por estar desprovistos de una historia tras nosotros que estas tres películas abren la brecha insospechada con total intención de buscar el encuentro.

Porque en esa estática que parece no llevarnos a ningún lugar es solo nuestra intención de buscar a otra persona la que determina. Porque las confesiones de que los dos se querían acercar el en el tren son honestas, son la intencionalidad remarcada, porque pasarse por enfrente del hospital en una mezcla de expectación y vergüenza es la praxis de la búsqueda del encuentro.

Muere la casualidad y nace algo quizás a su altura, el ejercicio consciente de querer encontrarse con otros. Las películas se encargan de remarcarnos lo fugaz, ahí también el valor cinematográfico de los trenes. La velocidad, el parar en la estación brevemente y perderse para siempre; al final quizás vuelvas a la estación y no esté nadie esperando, y suenan las estaciones, tiemblan y uno tiembla también.

¿Las películas tiemblan? Una pregunta que después de terminar el ciclo se responde, que Lo que no fue resuelve con un plano, que resuelve ennegreciendo otro, torciendo algunos. Entre la esperanza y uno de los mejores retratos de la angustia que ha visto el cine parece que lo que queda como sabor en boca después de estas tres cintas es amargo, no en tanto lo que realmente presiona es al encuentro como posibilidad simplemente, un único camino para que pasen cosas, e incluso de apariencia inevitable.

Pero llegamos a los lugares, a veces simplemente son auriculares en el ómnibus y mirar por la ventana. Así comienza Gigante una pieza interesante en el cine nacional, atravesado brutalmente por el mundo del trabajo. Encontrarnos cuando nuestros horarios se escapan a los de la vida es un desafío. Un desafío para comer bien, para estudiar, para relacionarnos incluso.

El embrutecimiento y la alienación suenan muy bien en los Manuscritos económicos y filosóficos cuando se dice que: «Todas estas consecuencias están determinadas por el hecho de que el trabajador se relaciona con el producto de su trabajo como un objeto extraño».

Partiendo de este supuesto, es evidente que cuanto más se vuelca el trabajador en su trabajo, tanto más poderoso es el mundo extraño, objetivo que crea frente a sí y tanto más pobres son él mismo y su mundo interior, tanto menos dueño de sí mismo es. Lo mismo sucede en la religión. Cuanto más pone el hombre en Dios, tanto menos guarda en sí mismo. El trabajador pone su vida en el objeto pero a partir de entonces ya no le pertenece a él, sino al objeto. Cuanto mayor es la actividad, tanto más carece de objetos el trabajador. Lo que es el producto de su trabajo, no lo es él. Cuanto mayor es, pues, este producto, tanto más insignificante es el trabajador. 

La alienación del trabajador en su producto significa no solamente que su trabajo se convierte en un objeto, en una existencia exterior, sino que existe fuera de él, independiente, extraño, que se convierte en un poder independiente frente a él; que la vida que ha prestado al objeto se le enfrenta como cosa extraña y hostil»; pero lo cierto es que la realidad se deshace con suma crueldad ante los ojos que ven Gigante.

Es la respuesta o la propulsión a las anteriores anotaciones sobre el encuentro. Como bien se destacó en la discusión de esta película asistimos a alguien que vive fuera de sí, asistiendo a una otredad constante, en la televisión, en las pantallas de su trabajo; nos asomamos entonces a los peligros de no buscar encuentros, la consecuencia directa de dejarnos llevar por lo frenético y aplastante del mundo; a la posibilidad de perder la capacidad de tenerlos, ante ese miedo se revela Gigante de forma imperfecta, un espejo disparejo de aquel Uruguay que nos devuelve la mirada.

Tal vez no nos encontremos nunca, un miedo inducido del exterior. Si uno no sabe que existe aquella persona con la que desea encontrarse, ¿por qué tendría miedo? Y el miedo quizá esté igual, porque no vale simplemente con querer encontrarse, para vencer las dinámicas económicas. El desenfreno guiado únicamente por la ecua-ción de las tasas de ganancia puede dejar de lado la posibilidad del encuentro. Medianeras es hasta el punto más cómico pasando por el más triste una crónica de un no encuentro, un recorrido de dos personas que sí que buscan el encuentro, pero no lo consiguen. Que el diseño de todo su entorno conspira para el aislamiento, que los miedos se refuerzan y no se van, que ni en la París del sur se puede escapar de edificios maltrechos, de cables co-mo nubes. Al fin y al cabo lo necesario es vencer ciertos preceptos y bajar en pijama por el ascensor.

Entonces, ¿qué busqueda planteamos? Parece cerrada la nuestra; estas películas hablan de más temas de los que dejamos caer en este artículo, ignoramos cosas, los planteos cinematográficos no se terminan de desarrollar.

Quizá para incitar a ir a la funciones, que es donde ocurre la «magia»; quizá porque son nuestras humildes capacidades, pero en el fondo también hay una necesidad narrativa. Al igual que con el repaso que hacemos de las cintas, el encuentro no es el sentido en sí mismo, sino un punto de partida, necesario eso sí, pero un punto de partida. Apostamos a eso, a que el encuentro en las funciones del cineclub sea el punto de partida de la reflexión y de la militancia, objetivo nunca oculto. El encuentro será el punto de partida de algo que nunca se sabe donde desemboca ni de qué forma.

Temblando o acariciando un perro, prometiendo una vuelta a encontrarnos o caminando por las playas montevideanas. Pero no es menos cierto que es el único punto de partida que conocemos, el único que estudiando ha dinamizado desde nuestras vidas hasta el curso de la historia y a esas nos jugamos todo. Encontrarnos para ser más humanos, y en palabras de Benedetti, y viceversa.

Bibliografía

Marx, K. (1884). Manuscritos: economía y filosofía. Alianza.

Benedetti, M. (1974). Poemas de otros. Visor Libros, S.L.

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