Crónicas secundarias #2
Por Dante Cerri, estudiante del Liceo Zorrilla

Reconquistar las clases
Salón de clases de población lenta. Desde las 7:30 de la mañana a lo largo y ancho del país van llegando estudiantes. En clase uno se levanta, cruza el salón y pide una lapicera, se la dan, se ríe, comenta el día, pero finalmente vuelve a su asiento. Son en promedio 6,6 horas semanales, 132 horas al mes durante todo un año, a cuentas de almacenero 1.056 horas en total. Sobre el final del día ve una discusión en su clase. Uno de sus compañeros bajó la placa de un paro que hay para mañana, no paran los profesores, no, paran los estudiantes y dicen que se van a movilizar. No hay que venir mañana sostienen dos extremos de esa clase, a quienes la noticia les cae como una chispa más para organizar un faltazo no un paro; y ese, ese al que le pediste la lapicera, que un día a la semana no se va rápido después de clase y enfila para un salón extraño, riéndose y conversando con gente de otra clase; ese sostiene de forma poco clara cuestiones, presupuestos, por-centajes, aumentos, mensajes comple-mentarios y la importancia de luchar, se lo escucha pero son como las fiestas, se sabe que ocurren pero no significan algo y la verdad es que el resto del año tampoco existen. Aquella clase al otro día estará vacía, quizás otras se coordinen y vayan. Pero en muchos de los liceos que tienen gremios y a través del grupo de delegados o propios delegados gremiales las clases se ven así, vacías.
Pasó el día, el miércoles el estudiante le devolvió la lapicera al otro y no conversaron mucho, se rieron sí pero de lo que hicieron ayer ni una palabra, dos extraños que se desconocen. Hasta el paro que viene, hasta cuando hay un debate en clase, ese estudiante queda latiendo en una pasividad de su actividad estéticamente clandestina. Lo gremial muere en clase, lo lleva haciendo hace años y quizá sea causa del estado crónico de nuestros gremios estudiantiles.
Atravesamos sin pena ni gloria tantas horas con nuestros compañeros. El estatuto del gremio del IAVA define en su artículo 3 que: «Son integrantes del Gremio todos los estudiantes de los turnos diurno y nocturno del Instituto Alfredo Vásquez Acevedo». Nos queda entonces reformular cómo afrontamos esta crónica diaria. El gremio en esa definición a veces perdida que suena como: «Conjunto de personas que tienen un mismo ejercicio, profesión o estado social», tiene que empezar a sonar más. Nuestra crónica entonces ahora es intra gremial. Cada estudiante, desde el que te pide la lapicera hasta el que te la da es necesariamente una cuestión de gremio, y es un problema igualmente pesado tanto para quienes se juntan en plenarios como para los que no.
Tenemos la crónica. ¿Y secundaria? Somos especialmente singulares a la hora de tratar las posibilidades de lo gremial. Todavía no se organizan las infancias en la escuela y entre todas las organizaciones que conforman el Movimiento Estudiantil somos claramente diferentes. No tenemos la infinita diversidad de estudiantes que viven los compañeros de la Coordinadora de Estudiantes de UTU y no somos la educación terciaria donde ya no existen grupos. Las diversidades se vuelven personales y no hay forma de que 30 estudiantes compartan esas 1.056 horas. Estamos ahí, en clase todas esas horas con esas mismas personas. Somos la esencia de lo gremial, en ningún otro momento tenemos estos niveles de conciencia y estamos más en coalición con tantos estudiantes en todo el país, los mismos programas, las mismas materias los mismos años, los mismos turnos. Si nosotros no ponemos de pie lo gremial estamos fallando.
La crónica secundaria está puesta sobre la mesa, así que pasemos al ataque. Volvamos a esa escena de la lapicera y preguntémonos: ¿Dónde está el gremio? Ahí estaba, si no lo vimos es porque quizá seguimos pensando fuera de lo gremial. Dar una lapicera a un compañero de clase es esencialmente una acción con un fuerte sentido gremial. Se prestan materiales entre quienes comparten esta acción que es el estudio, esta condición que es el estudiante liceal; se prestan porque se habla entre pares y se comparten de una forma muy intrínseca intereses. No es tan diferente de dar la lucha presupuestal, ¿verdad? Lo cierto es que cuando lo decimos quedamos desfasados aunque sea una acción de defensa propia, de defensa de los intereses de este gremio que hoy ve como sus condiciones son cada vez peores. Hemos perdido. Perdimos espacios para hacer que la mirada gremial sea más amplia y profunda, tenemos que volver a esa escena, tenemos que reconquistar la clase. No ser una festividad con tíos lejanos, sino la cotidiana vida familiar. Los antaño delegados que respondían a lógicas gremiales hoy han sido asimilados por lo institucional, los votamos en clase, hablan con los adscriptos y los profes y después no tenemos idea de ellos. En clase se debate, lo sabemos, aunque se rehúse de la política y la incapacidad de compromiso con las ideas siempre explota algo. Tenemos que llegar ahí, tenemos que ser parte del debate en clase.
Seamos francos, no necesitamos plenarios semanales de 200 personas. Pero sí tenemos que tener la seguridad de que los estudiantes de nuestros liceos estén metidos en las discusiones gremiales, sus discusiones. Reconquistemos las clases, pongamos delegados en cada una, discutamos allí y llevemos su voz a los plenarios posteriormente. Las redes y los folletos son pasos adelantes, pero si queremos niveles de organización a la altura de nuestro tiempo histórico solo podemos planificar rumbo a ese futuro. Es un proceso largo y por consecuencia requiere una fuerte convicción en este rumbo. No será esta columna la que ilumine sobre una mágica forma de organizarnos que nos resuelva todos los problemas, solo podemos enfocar donde tenemos que hacer el trabajo para hacer que las consecuencias de una reconquista de las clases sean las que escriban las más bellas crónicas secundarias que están por venir.
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