Después del viaje: imperialismo y universidad

03.03.2026

Por Federico Vassallo, estudiante de FHCE / FIC

«El estudiantado: un paso adelante en su definición antiimperialista»

Así titulaba el diario La Juventud, del 25 de marzo de 1985, un artículo periodístico que tenía como tema central una invitación que el gobierno estadounidense de la administración Reagan le hizo llegar a la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU), por medio de la embajada de ese país. Además, el artículo analizaba la discusión que se comenzaba a procesar en los distintos centros de estudiantes y también las posiciones que tomaron algunos grupos políticos estudiantiles al respecto.

En aquella oportunidad, la invitación consistía en un viaje destinado al presidente de la ASCEEP (Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública), Jorge Rodríguez, quien recibió una carta en la cual se lo invitaba a participar de un «programa para líderes estudiantiles del continente», a realizarse en territorio norteamericano. Finalmente, la misma embajada norteamericana definió retirar la invitación tras la polémica que generó a la interna de la Federación.

Hace algunas ediciones escribimos sobre la participación de la FEUU en el International Visitors Leadership Program (IVLP), un programa del Departamento de Estado de los Estados Unidos, que se desarrolló durante el mes de septiembre del 2025 e incluyó un viaje a ese país con una delegada del orden estudiantil y otras autoridades universitarias. La participación de la FEUU en este programa no solo representó un hecho llamativo en los casi 100 años de historia de la Federación, sino también una oportunidad para reflexionar sobre los mecanismos contemporáneos que el imperialismo estadounidense implementa hoy en nuestra región para perfeccionar su injerencia.

La oposición imperialismo/antiimperialismo en el contexto actual es más evidente. La política norteamericana ha desnudado sus verdaderas intenciones. La injerencia de los Estados Unidos es tan explícita que suma una nueva invasión en su repertorio. La invasión a Venezuela; las cada vez más recurrentes amenazas a Irán y Cuba, y la reinvención del dominio colonial sobre la arrasada Franja de Gaza son hechos que evidencian una ofensiva recrudecida del imperialismo norteamericano.

En aquel primer artículo, intentamos describir el carácter del programa y problematizar su financiamiento; hicimos un balance —necesariamente sintético— de la larga historia de la Federación, con el objetivo de orientar al lector hacia una postura crítica y contraria al viaje. En esencia, nos propusimos problematizar la aparente neutralidad de este hecho, difundido por algunos actores como una «conferencia» o un simple intercambio académico. Tratamos de reflexionar sobre los objetivos políticos de fondo y pusimos en tensión la coherencia entre la tradición antiimperialista de la FEUU y la contradicción que implicó nuestra participación en dicho programa. Para un panorama más amplio, recomendamos al lector repasar aquel artículo, titulado «Yanquis go home, que allá voy yo».

En esta segunda entrega, continuidad de ese primer artículo, nos proponemos repasar la invitación que le llegó a la FEUU en 1985 —la cual referimos al inicio de este artículo—, y trazar algunos paralelismos con la discusión que se dio en el presente. En el primer artículo no nos detuvimos en los pormenores del debate que suscitó el tema en la Federación ni en cómo la FEUU arribó a la definición de participar del programa. Creímos que era más oportuno para el enriquecimiento de la discusión abordar la cuestión de fondo, desde su contenido e implicancias políticas. Evitamos caer en señalar públicamente, pese a su lamentable papel, a los responsables de la decisión y a quienes la defendieron —por convicción o por afinidad— a capa y espada. En esta entrega pretendemos lo mismo: Ubicar algunos elementos sustantivos para construir una postura informada y crítica.

Aunque podamos llegar a pensar que la participación en el IVLP no nos dejó nada —ni un informe ni un souvenir, nada—; aunque pensemos que esa participación tan solo dejó dos mediocres renglones en el currículum de los participantes, debemos ver el lado positivo. Fue una oportunidad para volver sobre un concepto que es central para comprender las relaciones de dependencia que rigen nuestro continente.

Nuevamente nos proponemos un repaso reflexivo sobre la participación de la FEUU en el viaje. Hay novedades, a modo de adelanto, cabe señalar que en la última sesión del Consejo Federal (CF) del año 2025 la FEUU resolvió, por unanimidad, declinar cualquier tipo de participación en lo que resta del programa, que hoy se enmarca en un convenio, recientemente aprobado por el Consejo Directivo Central (CDC) —con el voto contrario del orden estudiantil—, entre la Universidad y la Alianza Cultural Uruguay-Estados Unidos (de aquí en más, la Alianza). Se podría decir entonces que la FEUU vuelve a sus definiciones estatutarias —luego de una importante fisura—, aunque sigue siendo necesario apuntar algunas cosas.

Los posicionamientos en el 85

Qué puede decir nadie
que no haya
sido dicho cantado escrito
antes.
Idea Vilariño


Como ya lo adelantamos al comienzo de este artículo, en 1985, la Embajada de los Estados Unidos elevó una invitación a la FEUU para participar en territorio norteamericano de un «programa para líderes estudiantiles del continente». Previo a ahondar en los paralelismos que se pueden trazar entre las repercusiones que suscitó esta invitación, y la discusión que se procesó a raíz de la participación que tuvo la FEUU en el IVLP durante el mes de septiembre del 2025, es necesario tener un panorama de los posicionamientos de los distintos actores que hace 41 años mantuvieron una discusión que en muchos aspectos se asemeja —sin obviar sus particularidades—, a la que nosotros procesamos como Federación el año pasado.

La controversia en torno a la carta que recibió Rodríguez en febrero del 85 se agitó hasta entrado marzo. El debate se procesó de diversas maneras en los distintos centros de estudiantes; requirió el tratamiento de más de un Consejo Federal y motivó notas periodísticas y comunicados. Por ejemplo, en aquel momento, la UJC (Unión de Juventudes Comunistas) dio a conocer un comunicado, a través del suplemento de los días sábado del periódico La Hora, expresando lo siguiente:

…largo fue el camino en el que la FEUU se pronunció consecuentemente por los pueblos y sus luchas, triste sería la hora en la que le demos la espalda a esas tradiciones, dialogando con los responsables de tener al mundo al borde del abismo nuclear y con sus botas ensangrentadas por el dolor y la masacre de tantos pueblos.

En ese mismo medio, el estudiante Daniel Bolani, integrante del ejecutivo de la FEUU, lamentó que la carta no haya sido enviada directamente a la Federación y acusó a Rodríguez —recordemos, el presidente por aquel entonces de la ASCEEP— de ser un «emisario de la embajada, llevando y trayendo las cartas del Sr. Reagan».

Por su parte, también la Corriente Popular Nacionalista, así como el Movimiento 26 de Marzo (26M) hicieron público su rechazo a la invitación. En una columna de opinión, del diario La Juventud —órgano de prensa del 26M—, Daniel Silvestri, escribió:

Nosotros hacemos un llamado a la reflexión de todos los jóvenes preguntándonos: ¿Qué respetabilidad podemos tener hacia un Departamento de Estado como lo es el de los Estados Unidos que se da el «lujo» de utilizar la fuerza bruta mediante agresiones armadas constantes a países de nuestra América Latina y el mundo?

¿Qué confianza nos da este Departamento de Estado que instrumentó la receta económica neoliberal que utilizó la dictadura, que hambreó nuestro pueblo, así como el aparato armado como única manera de sustentarla, que encarceló, exilió y asesinó a los compañeros más combativos de nuestro pueblo?

Una vez aclarado lo que significa Estados Unidos como potencia imperial, nosotros debemos contestar que no estamos dispuestos a prestarnos a sus maniobras, para tratar de lavar su sucia cara «Demócrata», en momentos en que su desprestigio a nivel internacional es total.

Por otro lado, en la vereda opuesta, se encontraban el Frente Independiente Universitario (FIU) e integrantes de la Juventud del Partido Socialista con inserción en la FEUU. En ese sentido, en ambos casos, La Juventud recoge que sus dirigentes estudiantiles dieron a conocer su posición favorable al viaje en los distintos lugares donde la discusión se desarrolló, aunque no explicitaron ninguna postura en comunicado, nota, artículo o columna alguna que hoy podamos disponibilizar.

Este debate entre algunos de los grupos estudiantiles que actuaban por aquellos años en la Federación contribuyó a instalar el clima de discusión en los distintos centros de estudiantes, que trataron el tema en sus plenarios y asambleas, con el fin de tomar una postura hacia el CF.

Los paralelismos con la discusión que la FEUU procesó en la segunda mitad del año 2025 son evidentes. Hay argumentos que podrían haber sido citados de manera textual en este nuevo contexto para rechazar la participación de la FEUU en una iniciativa de la embajada norteamericana y de su Departamento de Estado. Esto tiene una razón clara, y es que la política de injerencia de los Estados Unidos, como veremos más adelante, no comenzó ayer, ni en 2025, ni en 1985. Dejemos en el tintero las diferencias. Por lo pronto, simplemente, hagámonos esta pregunta: ¿por qué en esta oportunidad la UJC no se posicionó contraria al viaje?

2025. El convenio entre la Udelar y la Alianza

Volvamos hace menos de un año. Fue en el CF del 16 de junio del 2025 la primera vez en la que se trasladó el tema a los centros. En el CDC se iba a discutir al día siguiente la participación de la Universidad en el IVLP, participación que acompañaba, además, un grant por 50.000 dólares que la Universidad obtuvo a partir del «Fondo Embajada de los Estados Unidos» por el proyecto titulado «Movilidad Internacional para una Universidad en Movimiento» que, según la propia resolución, «…busca fortalecer las capacidades institucionales de internacionalización de nuestra Universidad, con énfasis en liderazgo académico, transformación organizacional e innovación en educación superior».

En la actualidad esto se enmarca en un convenio aprobado en diciembre de 2025 entre la Udelar y la Alianza. Dicho convenio «tiene por objeto establecer los términos y condiciones bajo los cuales el Beneficiario recibirá y ejecutará el Proyecto, con el apoyo financiero del Fondo Embajada de los Estados Unidos, administrado por la Alianza». Entendiéndose por beneficiario a la Udelar y por «el Proyecto» al anteriormente mencionado ganador del grant, al que se le sumó, a iniciativa de la embajada, una edición especial del IVLP.

En relación con la financiación, entre los fondos ejecutados, del total de 50.000 dólares, 20.000 fueron destinados al viaje a Estados Unidos que incluyó a una representante de la FEUU. 12.000 tendrán por objetivo financiar subproyectos que se generen en el marco del proyecto principal y, los restantes 18.000, serán empleados en capacitación, disertantes (speakers), coffee break e «imprevistos».

Algunas reflexiones

El peligro de aceptar estos fondos no está únicamente en los condicionamientos que se le imponen a los proyectos, por ejemplo, restringiendo temáticas. El problema está, también, en la naturalización acrítica de este tipo de sumisión, cuando se presenta como neutral lo que en realidad responde a relaciones de poder desiguales. Aceptar este convenio supone, además, una renuncia táctica a cuestionar los fines últimos de esa «cooperación» que degrada, como política general, la independencia y autonomía universitaria.

Esta desigualdad a la que nos referimos se expresa de varias maneras, por ejemplo, en la capacidad de interrumpir unilateralmente —y con total discrecionalidad—, la continuidad de la financiación: «La Embajada de los Estados Unidos se reserva el derecho de pausar o finalizar el apoyo financiero concedido a este Proyecto en cualquier momento, por las razones que estime pertinentes».

Además, el convenio está redactado de modo que la Udelar, al aceptar el fondo, se obliga a cumplir con una serie de procedimientos administrativos y normas federales estadounidenses. Por ejemplo, a partir del literal e de la cláusula duodécima, la Udelar debe certificar que cumple con todas las leyes federales antidiscriminatorias norteamericanas, además de la orden ejecutiva impulsada por el actual gobierno de Trump que le prohíbe a quienes reciben fondos del Estado norteamericano «operar programas que promuevan la Diversidad, Equidad e Inclusión [sic] que violen dichas leyes federales antidiscriminatorias, en línea con la Orden Ejecutiva 14173». Esto condiciona gravemente la autonomía universitaria para diseñar y desarrollar, por ejemplo, iniciativas propias de acción afirmativa alineadas con la legislación nacional.

Otro punto preocupante es la incorporación de una categoría vagamente discutida por la Udelar. Me refiero al término terrorismo que asumimos acríticamente al firmar este convenio, obviando su carga ideológica como instrumento del imperialismo para la aplicación más cruda y cruel de su política de guerra.

El concepto de terrorismo está lejos de ser una categoría universal y de amplios consensos. Más bien ha sido sistemáticamente utilizado para justificar numerosas invasiones y violaciones a los derechos humanos. Ha servido, en el caso palestino —y en otros numerosos casos—, para deslegitimar las luchas de liberación nacional de los pueblos frente a condiciones coloniales o de apartheid. Además, la construcción de la narrativa antiterrorista ha puesto a naciones no alineadas con los intereses norteamericanos en la lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo, sumando sanciones a países como Cuba o Irán. Lamentablemente suscribimos sin mayores implicancias esta visión del mundo y aportamos como universidad a legitimar ese relato.

En definitiva, el convenio con la Alianza se presenta bajo el atractivo de la innovación o de la cooperación y la apertura a los flujos de conocimiento global, pero su contenido real es la sutil adecuación de la universidad pública a parámetros definidos por Estados Unidos en el marco de su política exterior.

Por supuesto no es un tema nuevo. En 1970 Mario Wschebor ganó el primer premio, en la categoría ensayo, de un concurso organizado por Marcha aquel año. En su obra titulada «Imperialismo y universidades en América Latina» realiza un análisis crítico y documentado sobre cómo la política exterior estadounidense, desde la Segunda Guerra Mundial, ha utilizado la educación superior y la investigación científica como herramientas de dominación cultural, política y económica en América Latina.

Esta ayuda no es desinteresada, forma parte de una estrategia integral de control que busca principalmente fortalecer la política de seguridad nacional norteamericana, favorecer los intereses empresariales de sus corporaciones y consolidar la dependencia de América Latina a Estados Unidos. Refleja un modelo de cooperación que, más allá del apoyo financiero, busca generar adherencia institucional y una afinidad programática que en el contexto universitario actual no encuentra fuertes detractores.

Podemos negar la realidad, pero…

Como vemos, al repasar tan solo alguna de las implicancias del convenio, el problema no radica en si está la bandera de los Estados Unidos o no junto al logo de la Universidad, como lo exige la cláusula undécima —cuánta hipocresía y cinismo—. El problema no está en si se difunde que fuimos como FEUU a Estados Unidos y participamos de este programa —¿Pueden creer que la discusión se dio en esos términos?—.

No faltó quien nos planteó que era un poco fuerte ironizar con el logo de la FEUU reemplazando la paloma de la ASCEEP por el águila calva del Departamento de Estado, como lo hicimos en aquel primer artículo. Hubo quien pensó que le hacíamos un daño tremendo a la FEUU al jugar con las siglas y escribir FEE.UU. Nada más lejos de la realidad. Vimos incrédulos e impotentes como la FEUU se transformaba en eso. Incluso hubo quienes trataron de impedir que se repartiera aquella primera edición de la revista —qué cortos de mente estos últimos—.

No llegamos a hacernos entender en nuestro planteo, cae sobre nosotros una tremenda responsabilidad. Sin embargo, nos negamos a ver para el costado. No quisimos negar la realidad, porque si bien se puede negar la realidad, esta está ahí. La señalamos con el dedo, apuntamos contra ella y conseguimos revertir la decisión de continuar participando de este programa.

Tengan para quien quiera seguir escribiendo, aquí les entregamos un capítulo interesante para ustedes. Escriban sobre las motivaciones que llevaron a la FEUU hasta ese punto, hablen de la moderación, de la crisis de la izquierda, del retroceso ideológico, del avance del imperialismo en la universidad, del control institucional en las organizaciones estudiantiles, de las contradicciones…

Al final, es interesante la vuelta que le da Wschebor a su trabajo. ¿Cómo construimos una política cultural independiente? Sencillo, «…con una política independiente a secas», porque «…el antiimperialismo en el plano cultural sólo puede existir como una manifestación del antiimperialismo en el plano político». Acabar con esta dependencia «…sólo será posible mediante la transformación revolucionaria de nuestras sociedades». No es el ejemplo concreto del convenio entre la Udelar y la Alianza, no es la excepcionalidad de este proyecto y no son los 50 mil dólares. Son las dinámicas del capitalismo, un sistema que reposa en la dependencia, un ciclo sin fin que sólo encontrará solución cuando nos hayamos librado de las ataduras del atraso económico y social.

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