Editorial
Por Frente Estudiantil Diana Maidanik
No enmarquemos el pasado y lo dejemos reposar en la mesa de noche, no colguemos lo sucedido en las paredes aún derruidas del presente, no tapemos con los muertos aquellas manchas de humedad, no hagamos de la lucha un objeto de contemplación, no le llevemos flores al antiimperialismo en su cajón sesentista, no enterremos solemnes las banderas, no miremos inexpresivos las consignas, no veamos ajenos aquellos sueños, aquellos vientos pamperos de cambio. Aquel mundo, que es el nuestro, nuestro mundo, hoy también castigado por la injusticia, por la guerra, por el hambre, por la miseria. La memoria no es inerte, no es inocua, no es insulsa ni incolora. La memoria es altamente subversiva.
Esta edición tiene más densidad que cualquier otra. Los meses de abril y mayo condensan muchas cosas. Por supuesto, todas ellas merecen ser apuntadas. Suele decirse que mayo es el mes de la memoria; sin embargo, nunca hay descanso para señalar tanta impunidad.
En la madrugada del 21 de abril de 1974 fueron acribilladas a balazos Diana Maidanik de 21 años, Silvia Reyes de 19 años —embarazada de tres meses—, y Laura Raggio de 19 años. En un fuerte operativo militar que conmocionó al barrio Brazo Oriental, sobre las tres de la mañana, efectivos comandados por el Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas (OCOA) se desplegaron, frente a un pasillo angosto de la calle Mariano Soler, e irrumpieron a los gritos reclamando por Washington Barrios, militante del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, que no se encontraba en el lugar.
Para ese momento todo el barrio estaba ya enterado del operativo, puesto que las fuerzas encargadas de cubrir una posible retirada confundieron a un policía en bicicleta que se acercaba al lugar con Washington, y abrieron fuego contra él. El ruido de los disparos tensó aún más la situación en el momento en que las fuerzas militares se disponían a inspeccionar el apartamento nro. 3, que daba a un patio interno del complejo habitacional. Del otro lado, tras una puerta que daba al comedor, en un rincón, se encontraban Laura, Silvia y Diana. Allí mismo abrieron fuego los militares dispuestos en las azoteas y se generalizó una balacera que se extendió durante varios minutos y les arrebató la vida a las tres. Este crimen, esta masacre, esta muestra inhumana de tantos otros crímenes que cometió la dictadura civil-militar reclama, aún en nuestros días, justicia.
Pese a que en el año 2023 una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos obligó al Estado uruguayo a realizar un acto público de reconocimiento de su responsabilidad en las ejecuciones extrajudiciales de Laura, Silvia y Diana, y más recientemente, el 22 de julio de 2025, la jueza Isaura Tórtora condenó a 30 años de prisión al militar retirado Juan Rebollo, la impunidad no se acaba, no termina. Sigue completamente vigente el reclamo de derogar de una vez por todas la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, la ley de impunidad. Es aún necesario avanzar sobre el cumplimiento de todas las sentencias de la Corte Interamericana.
En nuestro país se puso en práctica un plan de exterminio, a la par de una política económica criminal al servicio de las oligarquías. La persecución que llevó adelante la dictadura civil-militar frustró un proyecto de cambios y sueños difícil de imaginar para nuestra generación. Los elementos más avanzados de nuestra sociedad fueron perseguidos, torturados, asesinados y desaparecidos con el fin de desarticular la organización popular que por aquel entonces agitaba a toda América Latina.
El Uruguay vivió el imperialismo en carne propia, la bota yankee entrometiéndose en los asuntos de los pueblos. Todo esto dejó como saldo miseria y expoliación. Hoy el imperialismo al igual que en aquellos tiempos arremete contra la paz en el mundo para continuar con su predominio aún hegemónico, pero en franca crisis, sobre los países dependientes.
Abril cristaliza otras memorias, muchas memorias. El 11 de abril de 1831 el gobierno de Fructuoso Rivera llevó adelante una matanza contra grupos indígenas charrúas que habitaban el territorio de la recientemente constituida República Oriental. Rivera, traidor por antonomasia del proyecto artiguista que también por abril instruía a los representantes del Pueblo Oriental para el desempeño de su encargo en la Asamblea Constituyente, en Buenos Aires, en el año XIII. Ese terrorismo que aplicó aquel flamante Estado uruguayo es el mismo terrorismo de Estado, más viejo que el alambramiento de los campos, tan cobarde como el actual genocidio del pueblo palestino, el que asesinó y desapareció a cientos de personas indefensas, lo mismo en el siglo XIX como en el XX y el XXI.
Bajo los escombros de la destruida Gaza, bajo los ladrillos de la escuela recientemente bombardeada en Irán están los cuerpos inocentes y sin vida de miles de niños, víctimas también de las mismas armas, del mismo accionar imperialista, de la misma política de dominación que patrocinó el Plan Cóndor en América Latina durante las dictaduras que atormentaron nuestro continente. Los dólares yanquis que mueven la maquinaria de guerra que apunta contra los pueblos del mundo, tanto ayer como hoy, con tanto descaro e impunidad.
Esas mismas armas que bombardearon Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia, Líbano, Siria, y Yemen y que hoy amenazan a Cuba. Es la misma guerra de siempre, esa que el imperialismo norteamericano extiende en todo el mundo. Es la política que no acaba y cuyo recorrido podemos rastrear hasta remitirnos varias décadas en la selva oscura y áspera del pasado. Así volvamos sobre el tiempo y apuntemos para que la memoria no olvide nunca el papel infame de los sucesivos gobiernos norteamericanos.
Luego de abril, mayo y el Día Internacional de los Trabajadores, y la Nakba palestina, y la multitudinaria Marcha del Silencio, y aquella vez en la que también por mayo los estudiantes irrumpieron en la Universidad de la Sorbona y los sesenta se sacudían vertiginosos en los cinco continentes. Quizá sea solo casualidad que abriles y mayos cristalicen tanta densidad de acontecimientos. Por un lado, tantos amargos tragos y, por otro, toda la fuerza de la lucha.
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